Mirame como escribo. No tengo estilo ni marca propia. Mis palabras enarbolan en hiperbólicas trazas referidas en el idiomas castellano como letras un sin fin de estupideces y pensamientos totalmente obvios y tratados anteriormente por algún poeta mediocre de mil masas o algún filósofo empantanado en sus restos de basuras de páginas amontonadas en una pila de pensamientos sin propósito, inspirados por algún estupefaciente que adquirió de alguna farmacia de barrio, donde todavía se puede respirar el aroma barrial a Don José, el español que convirtió el antiguo almacén en una alacena de preventa de la franquicia Farmacity.
Continuando por el meta análisis proyectivo de aún no se qué palabra extraña poner para que tus pensamientos no se sincronicen con las ondas de mi cerebro, sólo quiero poner en vigencia mi derecho a ser pretencioso y parecer inteligente a costa de tu premeditada atención que en épocas de la web mucho ha de costar, y poder elevar mi pseudointelecto a alturas más bajas de lo que realmente parece. O sea, arguyo mi imbecilidad con estupidez, con términos que los libros claman por pedir que se les proyecte en sus sucias y acarameladas páginas amarillas de sabiduría abstracta, tan difícilmente convenida en un trato con el tiempo y su macabro pasar por las bibliotecas de sus moradas.
Muchas citas se han escrito acerca de que un hombre de mediana edad debería de enaltercerse delante de una sirena de extremidades chimpancescas, lease fémina o humana del sexo no macho (y fijese cuantas palabras redudantes escribo, porque las palabras se escriben y se pronuncian) poseer cierta cantidad abultada del equivalente en bolsas de oro en billete moneda del país que amerite ser potencia en la edad contemporánea o abrigar bajo su abdómen un vientre prominente, producto de las experiencias alcohólicas que mentalizan a su paladar con las más suaves experiencias de sabor que se puedan rememorar en una alegre y jocosa charla con alguna señorita que frecuente alguna tienda de venta de tragos de frutas fermentadas, también vulgarmente llamados "bares". También la belleza de la anatomía, si fuera esculpida por un Michellangelo, sería del agrado de las féminas, pero esa no es la cuestión en particular, más que expresar la galantería con una elocuencia que se puede comprar por una suma medianamente razonable con tiempo y dinero invertido en libros de Borges y del amigo Bioy, que sólo dan el pretexto para adherir puntos a una imaginaria suma de equivalencias de amor con una belleza de princesa que haga las veces de audiencia a este reticente monólogo plusmoralista de ambiguas ideas que no llevan a ningún otro lugar más que expresar que no tengo nada más que decir que algo que no sea indescriptiblemente obvio.
Escucha a tu corazón.
Arma tu marca personal.
Decilo como marcos, decilo de taco.
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2 comentarios:
Siempre lo dije. El gérmen de la genialidad está en tí. Adelante!! Gran Abrazo. Mariano.
gracias loco jajaj
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